miércoles, 28 de mayo de 2008

Sin Requiem


El invierno no solo escoge a la lluvia sino también al frío.

Frío que borra los corazones dibujados en los vidrios, que hiela nuestra resistencia.

Entonces corremos despavoridos, porque no fuimos hechos para perder. Preferimos unirnos al gran charco que forma la lluvia y dejarnos llevar con torrentes, para olvidar.


Retumban en nuestros oídos futuros ecos con sabor a funeral,

ecos con la tristeza del Nazareno abandonado y con la nausea del piso cuadriculado.

Ecos que no encuentran consuelo en las figuras de ángeles vacías.


Y nos asustamos de la falta de llanto, de que el cosmos no caduque junto con nosotros. De la hoja que no cae en la calle para ser pisada, sino que sin ser vista se la lleva el viento.


Nos asusta que el vacío le gane a la melancolía estética que tiene esperanza en antaño. Y que nos encontremos con nada.